Juan Manuel de la Rosa

Entre el desierto y la urbe

Nacido en una familia de artistas (uno de sus hermanos fue pintor y el otro es escultor), que radicaba en una pequeña población de Zacatecas (Sierra Hermosa), Juan Manuel de la Rosa, apenas pudo, se dio a recorrer el mundo y de sus paisajes rurales y citadinos, de sus rostros, culturas y lenguas se hizo su propia Babel. Al contrario de la legendaria torre sin sentido, él fue creando un universo de formas y colores a los cuales imprimió su sentido de hombre fiel a su paisaje inicial donde recogió sus modos: los de la austeridad, el rigor, la petición obligada de sombra y lluvia. Pero al contacto con la diversidad y los lujos de la ciudad tendió un puente, y de la conjunción de ambos perímetros fue dando estilo a una obra donde la experimentación dicta la semiología de cada óleo, grabado o escultura. A adentrarnos en ella nos invita por estos días de verano la Pinacoteca de Nuevo León.

En la inauguración de esa muestra, De la Rosa evocó la historia del papel. En sus periplos, la plástica mexicana encontró a su Marcopolo: de oriente adquirió la admiración por las potencialidades, humildad y grandeza del papel. En este soporte la humanidad ha dejado constancia de sus intentos por plasmar todo aquello que le ha sido de mayor valor en el curso de su existencia. Buena parte de su vida, el zacatecano la ha dedicado a enriquecer,   como pintor y grabador, las sendas del arte de uno y otro hemisferio.

Del papel todo maleabilidad, De la Rosa pasó a la dureza del mineral para extraer de sus reductos otra dimensión de su obra. Y con esta realidad opuesta construyó, como lo hizo con las del desierto y la ciudad, otro puente que al espectador le permite registrar su condición de artista completo.

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